Ideas de un narrador sobre el final feliz.
Autor: Gianni Celati ("Narradores de las llanuras")
Editorial: Octaedro
El hijo de un farmacéutico estudiaba en el extranjero. Al morir su padre, volvió a casa para hacerse cargo de la farmacia y se convirtió en farmacéutico de un pueblecito de los alrededores de Viadana, provincia de Mantua.
En todo el pueblo se había extendido la fama de su sabiduría, por los rumores que corrían acerca de su inmensa biblioteca, de su prodigio remedio contra el dolor de oídos, de un método novísimo para regar los campos y de las doce lenguas que hablaba el farmacéutico, quien, entre otras cosas, según se rumoreaba, estaba traduciendo la Divina comedia al alemán.
El propietario de una lechería de la comarca decidió contratar al ya entonces maduro sabio para que ayudara a su hija en sus estudios. La muchacha, de hecho, al ser una apasionada deportista, iba mal en el colegio y, por otra parte, odiaba los libros, el latín y la buena prosa en lengua italiana. El farmacéutico aceptó, sobre todo por su pasión por el estudio, más que pos razones económicas, y a lo largo de todo un verano dio clases a la joven atleta.
Y ocurrió que un día la joven atleta se enamoró de él hasta el punto de abandonar todos sus actividades deportivas y ponerse a escribir poesías, versos en latín y, por supuesto, largas cartas.
Todavía se habla de un coche que el farmacéutico compró para la ocasión de sus largas correrías por el campo y, naturalmente, de sus citas nocturnas en un pajar.
En cualquier caso, la prueba de sus relaciones amorosas en aquellos últimos días de verano no se descubrió hasta el invierno siguiente, cuando las monjas del colegio de la muchacha encontraron un paquete de cartas, que fue debidamente entregado a sus padres. Al dueño de la lechería el contenido de esas cartas le pareció tan repugnante, que decidió arruinar al farmacéutico y echarle del pueblo para siempre.
Los hermanos de la muchacha, que pertenecían en aquel momento a las escuadras fascistas, saquearon la farmacia en la plaza del pueblo varias veces y, en una ocasión, golpearon a su propietario violentamente.
Parece, sin embargo, que estos acontecimientos no preocuparon mucho al farmacéutico. Durante un cierto período de tiempo siguió atendiendo a los clientes en la farmacia destrozada, entre cristales rotos, estantes derribados, tubos hechos añicos, hasta que un buen día cerró el negocio y se refugió en sus libros, sin salir de casa más que de forma ocasional.
Todo el pueblo sabía que estaba inmerso en sus estudios, y de vez en cuando lo veían pasar sonriente por la plaza e ir directamente a la oficina de correos para retirar nuevos libros que le habían llegado.
Poco después fue ingresado en el hospital, y, de allí, trasladado a un sanatorio. Permaneció durante muchos años en el sanatorio y ya nadie supo nada más de él.
El viejo estudioso salió del sanatorio muy delgado. Una sirvienta ya mayor, que había vuelto para cuidarle, se quejaba a todo el mundo de que nunca quería comer: decía que comer no le gustaba y se quedaba todo el día con sus libros.
El farmacéutico, cada vez más delgado, salía de casa cada vez menos y parecía no reconocer ya a nadie en el pueblo, ni siquiera a la hija del difunto propietario de la lechería, con la que se cruzaba algunas veces en la plaza. Sin embargo, sonreía a todo el mundo y se cuenta que saludaba a los perros que veía levantándose el sombrero.
Tras morir la sirvienta, dejó de alimentarse y prolongó el ayuno durante semanas; cuando le encontraron muerto (lo encontró un fontanero) era ya un esqueleto: de él sólo quedaba la piel ya acartonada, pegada a los huesos.
Estaba inclinado sobre la última página de un libro, en la que estaba pegando un tira de papel.
Años después, una sobrina heredó su gran biblioteca y, curioseando entre los libros, la sobrina creyó entender cómo había pasado el viejo estudioso la última parte de su vida.
Para este hombre, todos los relatos, novelas y poemas épicos tenían que acabar bien. Es evidente que no tolerada los finales trágicos, los finales tristes o deprimentes de una historia. Por eso, a lo largo de los años, se había dedicado a escribir de nuevo el final de un centenar de libros en todas las lenguas: insertaba hojitas o tiras de papel en los pasajes escritos de nuevo, transformaba las historias, dándoles siempre un final feliz.
Gran parte de los últimos días de su vida debió de dedicarlos a escribir de nuevo el octavo capítulo de la tercera parte de Madame Bovary, en el que Emma, la protagonista, muere. En su nueva versión, Emma se cura y se reconcilia con el marido.
Su último trabajo, sin embargo, es la tira de papel que tenía entre los dedos y que, ya muerto de hambre, estaba pegando en la última línea de una traducción francesa de una novela rusa. Es posible que éste fuese su trabajo más perfecto; en él, cambiando sólo tres palabras, transformó una tragedia en una buena explicación de la vida.

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Propuesta: ¿Qué fue de la hija del lechero?
Después de que los separaran, la hija del lechero quedó desolada. No podía imaginarse que los hubieran separado. Ahora le echaba la culpa a todo el mundo. Odiaba a todos: a las monjas que encontraron las cartas, a su padre, a sus hermanos, a las escuadras fascistas... Al principio se quiso ir del pueblo pero decidió quedarse, porque de verdad quería al farmacéutico. Pero éste no salía a la calle y no hacía nada por intentar verla. Esto la hundió más. Un día se enteró de que el farmacéutico había muerto y decidió irse del país. Pensó en irse a América pues mucha gente emigraba allí. Así que cogió un barco que zarpaba en ese momento y se marchó. Nadie del pueblo supo más de ella.
Kenar B. | 10-05-2008 - 10:38:42 GMT 2 #
Propuesta: ¿Qué fue de la hija del lechero?
Maggi entró en una crisis nerviosa. No podía soportar el estar separa de su amor.
No comía, no dormía y no hablaba. Pasaba horas escribiendo versos de amor y cantaba canciones tristes. Lloraba hasta deshidratarse y se mordía los padrastos hasta sangrar.
Un día, Maggi no aguantó el rencor que tenía hacia su padre e hizo algo de lo que nunca se arrepintió. Cogió la azada de su progenitor y tras atestarle 8 golpes en cuello corrió sin límites. Corría y corría sin llegar a cansarse nunca. Ese fue el último día en que Maggi fue vista en aquel pueblecito.
Dos años después, tras la muerte de su amor, Maggi volvió a su hábitat. Entró en casa pasó a la cocina y tras coger un cuchillo se cortó las venas de las muñecas hasta morir desangrada. Maggi no volvió a ver a su amor, pues fue destinada al infierno.
Arkaitz L. | 10-05-2008 - 10:43:10 GMT 2 #
Propuesta: ¿Qué fue de la hija del lechero?
Clara había decidido dejar de vivir: dejó de comer, de sonreír, llorar, ayudar a su padre , y ya no practicaba ni el deporte y tampoco escribía poemas ni cartas. La cosa no marchaba bien. El lechero no estaba seguro de haber hecho lo correcto , hasta llegó a plantearse la opción de volver al sanatorio y sacar al sabio para que pudiera ver a su hija, y la convenciese de que siguiera con su vida, que la aprovechara al máximo, que era joven... Pero no resultó. El padre de Clara se echó atrás . No ayudó a su hija, sino que la encerró. La llevó a las montañas, con sus vacas .Le dio el oficio de ordeñar, cuidar y hacer las tareas domésticas de la granja. Él, subía dos veces a la semana para recoger la leche, y asegurarse de que seguía con vida.
Así trascurrieron inviernos fríos, primaveras , y muchos años. Clara murió desquiciada. La encontraron muerta. Muerta de aburrimiento en una mecedora, hecha por ella, donde solía inventar historias muy tristes y dramáticas que le hacían recordar su infierno y tan cruel vida.
Nerea U. | 10-05-2008 - 10:46:06 GMT 2 #
Propuesta: ¿Qué fue de la hija del lechero?
La hija del lechero, Carmen , estaba desesperada tras la separación. No podría dejar de pensar en su amado. Se sentía muy dolida se avergonzaba del comportamiento que tuvo su familia.
No podía soportar convivir más con sus hermanos fascistas y su padre. Y decidió escaparse de casa e ir a la ciudad a trabajar y buscarse la vida, con su dinero dejando atrás los malos recuerdos.
Y después de estar planeando la huida y durante un año duro, consiguió encontrar un hogar, en el que a cambio de encargarse de cuidar a los dos adorables hijos del viudo dueño, podría alojarse en él: rápidamente se adaptó al modo de vida de la ciudad. Y un día se le ocurrió apuntarse en la universidad para hacer la carrera de Farmacia, que era su verdadero sueño.
Nunca llegó a olvidar a su amor.
Eider B. | 10-05-2008 - 10:50:10 GMT 2 #